A veces las situaciones personales de la vida te hacen cometer actos que no querrías, pero no hay más remedio que llevarlos a cabo. A veces puede ser duro, doloroso, difícil, pero la necesidad te obliga a ello. Además me sentía incómoda últimamente con la situación.
El sábado fui infiel por segunda vez en mi vida. Una decisión que fue meditada minuciosamente, pero llegando a la conclusión de que era necesaria. Después de 19 años de fidelidad sólo interrumpida una vez
en mis años universitarios y también por necesidad, le falle a Adela, mi peluquera. Realmente ella me animó a que lo hiciera, ya que durante mis estancias en Finlandia y Alemania, siempre esperaba a volver a casa para cortame el pelo. Pero durante un año entero, es demasiado difícil y ella me dijo que en Japón las peluquerias son buenas y que tendría que ir seguro en algún momento. Ella me cortó el pelo de forma que me fuera creciendo y aún teniendo forma, pero me era difícil de peinar, y tenia que pasarme rato con el secador y yo lo odio. Asi que he llevado unos pelos estos meses en Japón de pena.
Para mi vagancia de mujer poco dada a cuidarse, la mejor solución era hacerme la permanente japonesa, que alisa y no necesitas secarte el pelo para darle forma. Así que me planté con un flyer que dan por las calles, cuando las peluquerías hacen ofertas, y con ese papel te sale al 50% de precio. No hubiera puesto un post sobre este tema, pero la experiencia me parece graciosa de contar.
Ya me dijo Kirai un día, que cuando llegas a una peluquería se ponen nerviosos porque el pelo de un extranjero les parece algo importante.
Fui atendida por la recepcionista, y por 4 de los 12 peluqueros (dos hombres y dos mujeres). Yo sólo sabia decir “sutoreto pama” (Straight permanent) y kato (cut). Me empezaban a hablar y yo ni idea, les volvía a repetir lo mismo, que además lo llevaba escrito en el papel en katakana que es como lo escriben ellos. Hablaban entre ellos y iban de un lado al otro sin parar. Yo me partía de risa. Me dieron una cajita para que guardara mis pendientes y al final me llevaron a la sala donde te lavan el pelo. Me pusieron una manta por encima para que no cogiera frio. Los asientos se reclinan a tu medida para que no sufras los dolores de cuello típicos de la pelu. Me dieron un masaje capilar que me quedaba dormida. Me llevaron al tocador, donde encontré mi cajita con mis pendientes, y me atendió un peluquero muy majete, me puso los potinges de la “sutoreto pama”. Me explicaba las cosas y yo me limitaba a sonreir.
Me trajeron varias revistas, evidentemente en Japonés y me dedicaba a mirar las fotos. Os podeis imaginar a la velocidad que leia yo revistas en japo, con miles de fotos de chicas cortadas todas por el mismo patrón y dedicadas a cosméticos, peinados y accesorios. Interés mínimo por mi parte. Pero noté que en cuanto acababa las revistas, los peluqueros se volvían a poner nerviosos y le decían algo en bajito a otro que pasará y ese otro me traia más revistas automáticamente. Así que me dediqué a pasar hojas poco a poco para que no sufrieran.
Me ofrecieron beber y comer algo. Me trajeron lo que pedí con caramelitos.
Con los 4 peluqueros por los que fui atendida tuve la misma conversación, la que mi japonés me permite. De donde soy, que hago aquí, cuando llegue, cuando me voy, donde trabajo, donde vivo y cual es mi comida favorita en Japón.
Después de 3 horas de tratamiento capilar (lavar, potingues, lavar, potingues,lavar, secado y corte), me sentaron en una mesita de la entrada donde me trajeron todas mis pertenencias, la cuenta y bonos de descuentos para futuras visitas.
Realmente el servicio es increíble. Mi pregunta es como se pueden mantener 12 peluqueros y 3 recepcionistas en un salon de peluquería de 16 tocadores. En fin, otra pregunta más sin respuestas en este país tan fascinante como incomprensible.
Por cierto, mi peluquera, Adela, me dijo que o le enviaba una postal de Japón o que no volviera, pero en japón casi no se ven postales. En Tokio sólo he visto en Akihabara, así que tendré que ir allí a comprar postales.